El mundo puede parecer un lugar hostil y, para algunos lamentablemente, sin duda lo es. Pero para aquellos que no, en ocasiones me cuestiono: ¿cómo ven el mundo? Pues sinceramente no lo sé. Y no porque no sea capaz de conocer su perspectiva, sino porque me pregunto si esas personas son capaces de ver el mundo siquiera.
Vivimos ocupados a todas horas, rodeados de estímulos, conectados todo el día (aparentemente con otros, aunque sea una falacia), pero desconectados de nosotros.
Ahora yo te hago esta pregunta: ¿cuándo fue la última vez que conectaste? La última vez que te sentaste en silencio. La última vez que escuchaste realmente lo que tu cuerpo tenía que decir. La última vez que caminaste por las calles de tu ciudad sin el móvil en la mano, contemplando realmente aquello que te rodea. La última vez que te relacionaste verdaderamente con un ser humano.
Todo esto no lo digo porque sea un alma libre que pasa todo el día en el bosque cantando y saltando por la naturaleza. Lo digo porque día tras día veo cómo el mundo se acelera y cómo las personas que habitan en él realmente no están presentes.
La gente ya no conversa, no aprecia lo que tiene alrededor, no se sienta a tomarse una taza de café mientras disfruta de las vistas y reflexiona.
Nos estamos desconectando cada día más y lo peor es que creemos que estamos más conectados que nunca. Permíteme que me ría de esta afirmación, pues, desde mi punto de vista, la conexión que tenemos es nula.
Sí, podemos hablar con una persona que se encuentra en otro continente y que, si fueran otros tiempos, no sabríamos siquiera que existe. Vemos cientos, miles de caras al día en nuestro móvil, pero tener la capacidad de conectar con más personas no significa que realmente lo hagamos.
¿Cuántas de las personas cuyo contenido consumes a diario son tus amigos? ¿Cuántas son personas con las que conversas en profundidad, personas que conoces? Yo te digo la respuesta: ninguna o, tal vez, unas pocas; muy pocas, de hecho. El ratio de conexión es minúsculo, o incluso inexistente, si comparas el número de caras que ves con el número REAL de personas con las que conectas.
Así que la conexión humana podemos descartarla, al menos la que muchos (sobre todo los jóvenes) entienden como conexión. Porque sí, en estos últimos diez años, la conexión humana ha ido en declive y es una verdadera lástima, ya que el mundo está compuesto por seres humanos en su mayoría. Si las personas que habitan este planeta no conectan entre ellas, no se miran siquiera a la cara, no se respetan, no se dan amor, ¿qué nos queda?
¿Cómo se puede vivir en este mundo sin conectar ni relacionarse con las personas que residen en él? Todo aquello que hacemos y que llega a nosotros pasa por manos humanas. Las oportunidades laborales que llegan a ti lo hacen de manos de una persona. Los servicios que consumes son ofrecidos por personas. Los productos que adquieres son creados o trabajados por personas. ¿Te das cuenta de que, sin las personas, tu vida actual, tal y como la conoces, no existiría?
Nuestra vida diaria es una cadena de vidas humanas que se mueven y se relacionan para dar forma y sentido a nuestro mundo. Entonces, ¿por qué ni siquiera nos molestamos en saludar a nuestro vecino cuando lo vemos? ¿Por qué ignoramos a la persona a nuestro lado por estar mirando la pantalla del móvil?
Esa es la verdadera conexión, la que está delante de nuestras narices pero ignoramos por estar pendientes de un aparato que nos absorbe y nos hace creer que estamos conectando. Es bastante irónico si lo piensas.
Ahora que ya hemos tratado el tema de la conexión humana, o mejor dicho, de la desconexión humana, de una manera superficial, voy a pasar a tratar el siguiente punto, que está estrechamente relacionado con el primero: la desconexión con el mundo y el lugar que nos rodea.
Debido a la cantidad ingente y desmesurada de tiempo que invertimos en redes sociales y en nuestros aparatos digitales, perdemos de vista lo importante, nuestra vida. Como bien he dicho antes, conectar con otros es importante, pero conectar con nuestro entorno también lo es. Lo que debería formar parte de nuestra rutina se ha convertido en un lujo y una tarea secundaria, todo ello derivado de la distracción y evasión que supone internet y el conjunto de lo que este gigante engloba.
No te voy a decir que te descalces y comiences a andar por la hierba (aunque también podrías hacerlo si quisieras, desde luego), pero sí que podrías intentar incorporar en tu rutina algún momento de quietud y contemplación. Un espacio, por ínfimo que sea, para estar realmente presente.
Si trabajas fuera de casa, te encontrarás saliendo por la puerta día tras día. Bien, pues ¿por qué no aprovechas ese momento, que es algo que vas a hacer igualmente, para conectar un poco más con aquello que te rodea, con el mundo en el que habitas?
Observa las casas de tus vecinos, las vallas publicitarias que encuentras en la carretera, los árboles de los campos colindantes a la autovía, incluso la calzada en sí, el pavimento. ¿Cómo es el lugar que te rodea, el camino que te lleva a tu lugar de trabajo? Porque estoy segura de que lo ves todos los días, pero ¿te has parado a observarlo de verdad?
Evidentemente, si estás conduciendo, no vayas a desviar tu atención del tráfico (no querría que sufrieras ningún accidente), pero observa tu ruta con otros ojos. Mira el camino desde los ojos de la atención y apreciación, reconoce el lugar en el que te encuentras y que te acompaña cada día.
No necesitas nada más. No tienes que crear una rutina imposible compuesta por silencio, vacío y quietud; eso se lo dejamos a los monjes budistas. No tienes que eliminar nada de tu horario y tus tareas. Simplemente tienes que decidir estar presente de verdad en algún momento de tu día, aunque sea por tan solo un minuto.
Por supuesto, si no quieres, no tienes por qué hacerlo. Esto es simplemente una invitación, pero si lo sugiero es porque, tras mucho tiempo de observación cada vez que salgo de casa, he notado un patrón bastante común y arraigado en la sociedad actual.
Día tras día veo cómo las personas caminan por el centro de la ciudad sin siquiera prestar atención al lugar por el que están pasando, sin estar presentes. Y ya no es porque estén pendientes del móvil, que también, puesto que es el caso de una gran parte de la población. Es que simplemente van andando con prisa o están abstraídas totalmente y no son conscientes de que están caminando por la calle.
Lamentablemente, un gran porcentaje de personas vive en piloto automático y realiza una acción tras otra en su día a día sin siquiera ser conscientes de ello, sin dedicar al menos un segundo a pensar y decidir voluntariamente.
Ahora te pregunto: ¿cuántas veces no te has encontrado desbloqueando el móvil por costumbre, sin querer hacerlo en realidad? ¿En cuántas ocasiones no has entrado en alguna red social simplemente porque es una acción mecánica y tu cerebro ya sabe perfectamente dónde encontrar el icono de esa aplicación en la pantalla de inicio, ya que es algo que haces con bastante asiduidad?
Todo esto, y en general, muchísimas de las acciones que realizamos a diario, son llevadas a cabo de una manera automática en la que el cerebro no ha dedicado ni siquiera un segundo a tomar la decisión. Es decir, que gran parte de nuestra vida la pasamos sin estar presentes ni vivirla. Si no estamos distraídos por el móvil, lo estamos porque eso que estamos haciendo es algo rutinario y que nuestro cuerpo puede hacer de manera automática sin estar presente. Algo que, a la larga, es contraproducente, pues hace que nuestros días pasen sin ser vividos realmente.
Desafortunadamente, la desconexión del mundo y de la vida es algo que tenemos bastante normalizado en general. Es algo tan implícito e instaurado en la sociedad que ni siquiera somos conscientes de que lo hacemos en la gran mayoría de ocasiones.
De hecho, esto no solo pasa con las personas y con los lugares físicos. Esto podemos extrapolarlo incluso a los objetos que forman parte de nuestro día a día, pues solo les prestamos atención en el momento de comprarlos. Después de su adquisición, dado que pasan a formar parte de nuestra colección y repertorio diarios, pasamos a darlos por sentado e ignorarlos.
Usamos nuestro móvil sin siquiera verlo, nos vestimos eligiendo la ropa por costumbre ya que la prenda está registrada en nuestro cerebro, nos sentamos a comer sin reparar en los detalles de la madera de la mesa o en los patrones de los platos…
Pero dime, ¿te has dado cuenta de que uno de los dientes del tenedor que usas para comer está ligeramente doblado? ¿Te has fijado en que la carcasa de tu móvil tiene un pequeño arañazo en la parte inferior ocasionado por introducir la clavija del cargador repetidas veces? ¿Has reparado en que la etiqueta de ese jersey que tanto te pones está desgastada y ya no se aprecia el nombre de la marca?
Estos son solamente algunos ejemplos simples e insignificantes sí, pero denotan la tendencia que tenemos de vivir sin vivir y de estar en un lugar sin realmente estarlo.
Con esta reflexión no pretendo hacer que te sientas mal si haces algo de esto ni criticar la manera en la que vives. Lo que realmente quiero hacer es compartir mi perspectiva y poner en tu conocimiento, según mi opinión, la tendencia humana actual y latente de desconectar, por si esto era algo que ni siquiera te habías planteado, para que puedas decidir de manera consciente si quieres seguir viviendo la vida tal y como lo haces porque estás conforme o si, por el contrario, quieres intentar estar un poco más presente en tu vida.
En conclusión, somos seres humanos que habitan en un planeta compuesto por seres humanos pero tendemos a olvidarnos de ello. Por eso te pregunto: ¿te paras a apreciar el planeta en el que vives y las personas que te rodean? ¿Estás presente en tu día a día mientras realizas tus tareas cotidianas? ¿Mantienes conversaciones significativas con las personas de tu alrededor? ¿Cuándo fue la última vez que te paraste a observar realmente aquello que te rodea?
Supongo que con todo esto la pregunta que realmente quiero formular es: ¿estás conectado a lo que realmente importa?
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